Durante
el mes anterior y parte del presente, se realizó la Feria del Libro
en Buenos Aires.
Todos
tuvimos la oportunidad de participar: los estudiantes y jubilados
fueron beneficiados con la entrada gratuita (excepto feriados)
mediante la acreditación correspondiente y el resto del público
pagando una módica cuota con la posibilidad de usar esa entrada como
“descuento” sobre el valor de $250 en compras, etc.
La
experiencia fue similar a la de años anteriores, a pesar de haber
notado la ausencia de algunas editoriales. Como siempre, los
precios fueron exactamente los mismos que uno consigue en las
librerias convensionales: mientras que los títulos que estaban
dentro de un precio accesible eran absolutamente hallables fuera de
la feria; los titulos que eran dignos de ser comprados,
sufrian el peso de tener un valor poco accesible.
Seguramente
muchos hayan esperado con ansiedad la tan famosa Feria, juntando el
dinero en el chanchito o en la tarjeta; pero estoy segura de que
otros la han esperado por razones diferentes. Razones que no parecen
muy comprensibles para los que no son lectores empedernidos, pero que
resultan razonables para los que las disfrutan todos los años. Hablo
de las visitas.
Este año, tuvimos el honor de recibir a muchas “celebridades”,
no solo dentro del ambito de la literatura, sino también dentro de
otras disciplinas interesantes. Eduardo Galeano, por ejemplo,
hizo su aparición el 21 de abril, acompañado de su nuevo libro Los
hijos de los días; obra que, si bien resulta costosa a la hora
de adquirirla, parece valer la pena: las estadisticas lo dicen
todo. Los ejemplares volaron de las estanterías en donde,
ademas, podian encontrarse otros de los títulos del autor que,
curisomante, al abrirlos, parecían ser un poco mas de lo mismo.
Respetando el hecho de que una obra sea coherente dentro de los
margenes de las inquietudes del autor, esto es totalmente
comprensible: uno escribe según sus inquietudes y, definitivamente,
un tema no esta agotado hasta que uno siente que lo esta.
Absolutamente justificable, por supuesto.
Ahora
bien, es notable como la gente puede poblar salas enteras para
escuchar presentaciones de libros como ésta y mantenerse al margen
de Ciclos gratuitos y absolutamente aprovechables como El VII
Festival de Poesia que se realizó durante varios días dentro y
fuera de las instalaciones de la Feria. En el programa de dicho
festival, figuran artistas de calidad internacional que lograron
superar ampliamente las espectativas de la gente que concurrió: debo
decir que estuve presente y que me sorprendió la cantidad de poetas
inéditos (argentinos y no) que hicieron emocionar hasta las lágrimas
a mas de uno con sus lecturas.
Interpretaciones,
solo eso. No hago mas que una humilde observación del público en
cada espacio ofrecido dentro del pluralisimo y variado mundo de La
Feria del Libro.
En
fin, a lo largo de las diferentes fechas programadas, se han
desarrollado infinidades de charlas, presentaciones, desfiles de
políticos y personalidades, entre otras cuestiones de gran, mediano
y poco interés; pero lo que ha sido realmente llamativo dentro de
las visitas (tema
que, principalmente quiero desarrollar en este comentario) es la
llegada del escritor latinoamericano Carlos Fuentes.
Metiendome
de lleno y sincerandome ante todos los lectores, quiero remarcar mi
admiración y respeto hacia este precursor de la literatura latina,
padre del boom, indiscutible próser de mi literatura. Ahora bien, no
por adjudicarle estas características voy a dejar de lado mi opinión
sobre lo que denominaron en el programa como “conferencia
Magistral”.
Fui
a escucharlo con demasiada emoción y, hasta ciega de prejuicios: no
me importó el hecho de que hubiese sacado un libro sobre teoría
literaria justo para la fecha de la feria del libro, no me importó
que no hubisen definido un horario concreto a difundir en todos los
medios (internet,folletos,etc) y que por eso hubiese que ir una hora
antes (o mas en mi caso), no me importó que haya aceptado venir a la
tan famosa Feria...
Pensé:
“Bueno, a fin de cuentas, es una grande... y a los grandes se les
perdonan muchas cosas”. Pero creo que antes de haberlo pensado yo,
lo pensó él mientras escribía su conferencia en la comodidad de su
escritorio.
Si, porque Fuentes sabía que iba a ser recibido con ovaciones de
varios minutos por parte de del público (la mayoria en pie), porque
sabía que iba a llenar la sala José Hernandez con una capacidad
para 850 personas, porque sabía que iba a tener fotografos y prensa
en primera fila y porque confió en que todo ese circo iba a ser la
pantalla perfecta para lo que dijera: en otras palabras, que todo
discurso iba a ser bien recibido.
Su
lectura (porque la conferencia fue eso: una hora de lectura)
comenzó con una frase cliché, artificialmente planteada como
novedosa sentencia: “Hay historia sin novela pero no hay novela sin
historia”. De ahi en mas, el discurso se expandió en un abanico de
nombres y fechas. Referencias constantes a libros de mucho peso, pero
con poca reflexión personal. A esa lista debemos sumarle los tan
famosos escritores argentinos que se tomó el tiempo de nombrar como
emblemáticos y que, curiosamente, son publicados en Alfaguara
(editorial que se encargó de reeditar la gran mayoria de sus libros
para la Feria, que fue auspiciante de su conferencia, y que le dió
en stand con seguridad y fotografos para que firmara sus libros). Una
mano lava la otra, dicen por ahí.
El
monólogo avanzó con las famosas ideas ya escuchadas en boca de mas
de uno sobre la novela moderna y el rol del lector dentro de la
misma: un poco mas de tecnicismos vacios de opinión, que resultan
respaldar ideas de su nuevo libro.
Hasta
que, por fin, la conferencia pareció dar un giro inesperado: Fuentes
comenzó a referirse a los medios periodísticos y a su influencia
dentro de la literatura. Pero lejos de meterse en terreno escabroso,
logró establecer una armónica relación de co participación entre
una cosa y otra.
Luego
avanzó sobre el concepto de modernidad, y se refirió a ella como
huerfana ( sus palabras: no mother, no dad), pero justo cuando
creíamos oír algo hurticariamente interesante en su discurso,
volvió a degenerarse refiriéndose a cinceptos llanos sobre la
historia.
Regresó
al lugar común: defender nuestras raíces, nuestra memoria, nuestra
identidad. Cosa que nunca esta de mas para un escritor
latinoamericano. Y terminó afirmando enfáticamente (con una
repetición de tres veces) que el educar era la base del pensamiento,
y que debíamos concentrarnos en ello.
Lejos
de olvidar el sentimiento de inclusión, que es lo unico que puedo
sacar en limpio de su opinión durante la conferencia, quiero
resaltar mi indignación frente a este autor emblemático. Si,
seguramente hay quien esté insultándome ahora al leer esta opinión;
pero no me importa: la indignación es totalmente justificable, desde
mi boca y desde la boca de muchos de los presentes que manifestaron
sus opiniones al salir del recinto. “No se comprometió con nada”
“No tiró ninguna bomba”.
Esta
bien. Es posible que estemos demasiado acostumbrados al
sensacionalismo. Es posible que estemos pidiendo demasiado. Es
posible que hayamos ido a buscar algo en donde no tenía por qué
haberlo. Pero es imposible no pensar de esta manera, cuando el que se
presenta es nada mas y nada menos que uno de los autores que mas se
comprometió desde su literatura.
Tengo
que reconocer que no es facil decir todo esto. Hablo desde la
decepción. Hablo desde el reclamo. Quisiera haber tenido la fuerza
para haberselo dicho en la cara... para haberle leído ese fragmento
de ese libro suyo que me marcó para toda la vida...
“
Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero
una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares, ya
está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado
dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los
mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical,
intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y
los letrados sólo quieren la revolución a medias, compatible con
lo único que les interesa: medrar, vivir bien (…).” (Fragmento
de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, 1960)
Pero
voy a tener que conformarme con este espacio y rogar que, algún día
él pueda enterarse o mejor aún, darse cuenta por sí mismo.
Luce

